Meditaciones Metafísicas de René Descartes

 


Meditaciones Metafísicas de René Descartes



René Descartes, fue un filósofo racionalista, considerado por muchos padre de la Filosofía Moderna, ya que con su filosofía inicia el pensamiento moderno. Tradicionalmente con Galileo Galilei da inicio a la modernidad, no obstante, en cuanto a la filosofía, René Descartes es su precursor.  

 

Descartes nació en la Haye, Francia, el 31 de Marzo de 1596 y luego de padecer de neumonía, fallece,  en Estocolmo, Suecia (próximo a sus 54 años) el 11 de Febrero de 1650.


Filosófo y matemático, preocupado siempre por la verdad, desarrolló un método, el cual alcanzaría la rigurosidad matemática sobre las verdades metafísicas del saber, es decir, su intención consistía en aplicar un método que, con la precisión matemática, la razón fuese capaz de alcanzar la certeza en cuanto la verdad, el Método Cartesiano.


Para Descartes, la verdad es aquella que se muestra de forma clara y distinta, su propósito trata en encontrar evidencia certera de la verdad, sobre todo, en cuanto la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, conceptos metafísicos que impulsaron, en Descartes, sus Meditaciones Metafísicas bajo el presupuesto del Método Cartesiano el cual promulgó en el Discurso del Método.



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Meditaciones Metafísicas

En 1641, Descartes publica su tratado sobre Meditaciones Metafísicas,  que resumimos en seis ideas centrales.


Meditación Primera

Primera de las meditaciones sobre la Metafísica, en las que se demuestra la existencia de Dios y la distinción del alma y del cuerpo.


En su primera meditación, René Descartes, trata sobre el concepto de la verdad, argumentando que si esta no se muestra de forma clara y distinta, la duda, será el camino que la razón deberá seguir hasta alcanzar claridad sobre la misma, es decir, en cuanto a la verdad se refiere.


De ahí, que, Descartes, inicie un camino provisional de la duda, provisional porque él no es escéptico (sobre la verdad) ya que su objetivo es alcanzarla, sin embargo, se coloca en una posición no dogmática, llevando a crisis el saber filosófico tradicional.


La duda de Descartes es una duda hiperbólica ya que somete a juicio extremo la verdad. Descartes, duda de todo, de sus sentidos, de su cuerpo y hasta de su propia existencia, duda incluso de las matemáticas (aparentemente siempre exactas) y asevera la posibilidad de la existencia de un ente maligno, que maliciosamente hace creer en él (en Descartes) la propia existencia, la existencia de los demás y de las cosas, así como del mundo y la aparente precisión matemática.


"Supondré, pues, que no un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino algún genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar; creeré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todo lo externo no son más que engaños de sueños con los que ha puesto una celada a mi credulidad; consideraré que no tengo manos, ni ojos, ni carne, ni sangre, sino que lo debo todo a una falsa opinión mía; permaneceré, pues, asido a esta meditación y de este modo, aunque no me sea permitido conocer algo verdadero, procuraré al menos con resuelta decisión, puesto que está en mi mano, no dar fe a cosas falsas y evitar que este engañador, por fuerte y listo que sea, pueda inculcarme nada." (René Descartes)


Meditación Segunda

Sobre la naturaleza del alma humana y del hecho de que es más cognoscible que el cuerpo.


En la segunda meditación, Descartes reconoce la veracidad de la propia existencia, bajo el argumento "Cogito Ergo Sum", pienso luego existo, sosteniendo que dudar evidencia el cogito (pensamiento) y por tanto la existencia. Descartes exclama:


"Que, aunque quería pensar que todo era falso, era por fuerza necesario que yo, que así pensaba, fuese algo. Y al observar que esta verdad, pienso luego soy, era tan firme y tan sólida que no eran capaces de conmoverla ni siquiera las más extravagantes hipótesis de los escépticos. Juzgué que podía aceptarla sin escrúpulos, como el primer principio de la filosofía que yo buscaba."


Además, dirá Descartes, que la propia existencia se hace necesaria en la supuesta hipótesis de que un genio maligno le estuviese engañando, pues, si no fuese cierta su existencia se haría imposible que el ente malicioso le engañara.  


Es en la segunda meditación donde Descartes reduce la existencia a pensamiento, hasta ahora se ha demostrado el cogito, más no el cuerpo, y para Descartes, pensamiento es "todo lo que en nosotros está hecho de forma que nos permite ser inmediatamente conscientes de ello; así, todas las operaciones de la voluntad, del intelecto, de la imaginación y de los sentidos son pensamientos" (Geovanni Reale y Darío Antiseri)


La existencia real queda, pues, demostrada, no obstante, reducida a pensamiento, el cual el filósofo relaciona con el alma, sin embargo, falta aún demostrar la verdad del cuerpo, así como de las cosas, las cuales Descartes asignará en la extensión. La "res cogitans" (sustancia pensante) ha quedado evidenciada, falta aún demostrar con evidencia la "res extensa", la extensión como sustancia.


Meditación Tercera

De Dios, que existe.


Es en la tercera meditación donde el filósofo centra su atención en la idea de Dios, aseverando la existencia de ideas innatas, y en ellas, la intuición racional sobre Dios, así como de su perfección.


La idea infinita de Dios es de intuición racional porque la finitud, en cuanto al pensamiento, le hace imposible que de él surja el concepto -infinito- de Dios como idea,  ya que la naturaleza propia del alma le hace imposible crear, por sí misma, la noción de Dios. 


Dios coloca en el pensamiento la intuición de infinitud, como el artesano que sella su obra, del mismo modo Dios sella su obra dotando al alma de la intuición racional en cuanto a Dios y su infinitud refiere.


"No es de extrañar que Dios, al crearme, haya puesto en mí esa idea, como el signo del artífice impreso en su obra, y no es necesario que ese signo sea una cosa diferente de la obra en sí. Sólo del hecho de que Dios me haya creado, es muy verosímil que haya sido hecho en cierto modo a su imagen y semejanza,  y esa semejanza, en la que está contenida la idea de Dios, la perciba por la misma facultad con que me percibo a mi mismo: es decir, cuando concentro mi atención en mí, no solamente considero que soy una cosa incompleta e independiente de otra, una cosa que aspira indefinidamente a lo mayor o mejor, sino que también reconozco que aquel de quien dependo posee estas cosas mayores no indefinidamente y en potencia, sino en realidad y en grado infinito, y que, por tanto, es Dios." (René Descartes)


Dios es la causa de la idea que bajo intuición racional el alma tiene de Él como su creador, además de esta idea innata, como de su perfección, Descartes habla de dos tipos de ideas que se suman al innatismo cartesiano, a saber, las ideas Adventicias, de las cuales su procedencia es exterior al hombre, es decir, provienen de las cosas o de los cuerpos que Descartes llamará extensión, y las ideas Facticias que nacen de la razón, como la imaginación. Las ideas Innatas son ajenas a estas, ya que ellas no provienen de la razón como su origen, sino de Dios como su autor, el hombre nace con estas ideas, ideas innatas que se adhieren a la conciencia como el sello de Dios en su obra.    


Si deseas conocer sobre las reglas del método cartesiano puedes dar clic a la imágen que la flecha indica






Meditación Cuarta

Sobre lo Verdadero y lo falso


Una vez demostrada la idea de Dios como válida, es decir, evidenciada ya la existencia de Dios como creador, cae la hipótesis del genio maligno y, junto con él, el supuesto engaño de certeza en cuanto a las cosas y la naturaleza, ya que Dios, siendo bueno y perfecto, no podía mentir y engañar. La razón, por tanto, puede fiarse de que lo que se le muestra  a través de los sentidos y del intelecto es verdadero, pues Dios no engaña ni es causa de error.


"Reconozco que no puede suceder que Él me engañe alguna vez. Y aunque poder engañar parezca ser una prueba de poder o de inteligencia, sin duda alguna querer engañar testimonia malicia o necedad, y por lo tanto no se encuentra en Dios.  


Así considero que el error no es algo real que depende de Dios, sino que es tan sólo un defecto; y por lo tanto, no he menester, para equivocarme, de una facultad que me haya sido otorgada por Dios con esta finalidad, sino que el errar proviene de que mi facultad de enjuiciar lo verdadero, que tengo de Él, no es infinita." (René Descartes)


Con esto, Descartes nos muestra que el grado ontológico de perfección humana varía del grado ontológico de la perfección infinita de Dios, ya que fuimos creados finitos y Dios es infinito. 


El error aparece cuando en el juicio la voluntad se anticipa al intelecto y hace creer a la razón lo que no es. 


Meditación Quinta

Sobre la esencia de las cosas materiales, y nuevamente sobre Dios y que existe


La finitud de la cual el hombre es hecho hace anhelar en él lo que en su esencia no contiene, a saber, la perfección y el grado de infinitud que solo en Dios es. El desear o el querer lo que en el hombre no es, muestra los grados de imperfección que separan la creatura del creador.


"Si la idea de un ser infinito que está en mí, también procediese de mí, ¿no me habría producido yo mismo perfecto e ilimitado, y no por el contrario imperfecto, como se aprecia a través de la duda y de la aspiración jamás satisfecha a la felicidad y a la perfección?"  (René Descartes)


La duda en Descartes es signo de imperfección y el anhelo de la perfección, como intuición racional, significa, en el filósofo de la Haye, evidencia clara de la existencia de Dios, prueba ontológica que Descartes sustenta argumentando que la perfección implica necesariamente la existencia, en consecuencia, Dios existe.


La esencia es, en cuanto a la potencia, causa de perfección del ser en acto, y siendo Dios acto puro su esencia implica necesariamente la existencia, ya que la esencia de Dios es perfección en acto y no en potencia. 


Meditación Sexta

Sobre la existencia de las cosas materiales y sobre la distinción real del alma y del cuerpo  


La existencia real de los cuerpos, como del mundo natural, fue evidenciada ya bajo el argumento de que Dios, como idea clara y distinta, es garantía cierta del mundo sensible, al cual Descartes llamó extensión o "res extensa". Ya que Dios existe, el intelecto se puede fiar de que la extensión es real.


En el hombre existen, en consecuencia, dos sustancias, a saber, la extensión y el pensamiento, lo que nos deja en Descartes un dualismo antropológico.


"Advierto en primer lugar que hay una gran diferencia entre el alma y el cuerpo en el hecho de que el cuerpo sea siempre divisible por naturaleza y el alma indivisible; ya que cuando la considero a ella o a mí mismo en tanto que soy una cosa que piensa, no puedo distinguir en mí ninguna parte, sino que veo que soy una cosa una e íntegra; y aunque el alma parezca estar unida a todo el cuerpo, al cortar un pie o un brazo o cualquier otra parte del cuerpo, conozco sin embargo que nada ha sido quitado al alma, y tampoco se puede decir que las facultades de querer, de sentir, de comprender, etc, sean partes de ella, porque es una y la misma el alma que quiere, que siente, que comprende. Al contrario, no puedo pensar ninguna cosa corpórea o extensa que no pueda dividir fácilmente en partes con el pensamiento, y por esto mismo sepa que es divisible; y sólo esto bastaría para enseñarme que el alma es en absoluto diferente del cuerpo, si aún no lo supiese con suficiencia de otra manera." (René Descartes)

 



Referencias Bibliográficas


Descartes René, Meditaciones Metafísicas, edición electrónica de www.philosophia.cl, escuela de Filosofía Universidad ARCIS

file:///C:/Users/cliente/Documents/Descartes-Meditaciones-metaf%C3%ADsicas.pdf


Giovanni Reale y Darío Antiseri, Historia de la Filosofía, del Humanismo a Descartes, editorial Herder, Ira edición, Barcelona 2010



   

 



  



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